martes, 15 de septiembre de 2015

La esclavitud moderna



 Los derechos humanos se erigen como punto de partida ineludible a la hora de abordar el tema que nos concierne, y es así porque son estos lo que guían como ideal a todos los pueblos amparados por el Derecho Internacional desde mediados del siglo XIX y más tarde por la Carta Internacional de los Derechos Humanos (que se convertiría en la piedra angular de los derechos humanos). La esclavitud fue uno de los primeros temas en llamar la atención de la sociedad internacional en lo referente a los derechos humanos. Sin embargo, la insuficiencia de todas las medidas adoptadas a la hora de llegar a una solución efectiva trae como consecuencia una realidad en la que se encuentra la esclavitud, en nuestro mundo, en pleno siglo XXI. Sin duda, las estimaciones numéricas con las que se cuenta son cuanto menos alarmantes y escalofriantes; símbolo de la gran masa de trabajo que queda por hacer en el camino de los derechos humanos, con los que (no olvidemos) toda persona debe contar por el simple hecho de ser eso: un ser humano.

En un primer vistazo, la esclavitud entendida como sistema de trabajo legalmente permitida ha sido abolida en todo lugar. Sin embargo, obviamente, esto no excluye nuevas y complejas formas de esclavitud. Pero inclusive, cierto es que siguen existiendo mercados de esclavos en nuestros días. Además, hay que tener en cuenta que aún siendo abolida, deja huellas en sus víctimas y en sus descendientes, en las sociedades que lo sufrieron y sufren en general.

El problema no solo persiste, sino que se agranda conforme el número de personas aumenta. Sin embargo, la precisión con que se cuenta es relativa porque no está clara cuál es la diferencia exacta entre el aumento en número y el progreso en la exactitud en tanto que conocimiento  más preciso. Y ello teniendo en cuenta que desgraciadamente, los datos que llevarían a tener estimaciones mundiales más precisas son insuficientes. Por lo tanto, es probable que este incremento sea la consecuencia de la combinación de ambos factores. Lo que, desde luego, puede afirmarse es que hay decenas de millones de personas atrapadas en las diversas formas de esclavitud en todo el mundo.

En lo que a cifras numéricas se refiere, la OIT estima que 20,9 millones de personas son víctimas de trabajo forzoso. La propia organización reconoce que esta cifra representa una estimación mínima debido al carácter estricto de la validación y la extrapolación de los datos. Aún con esto, la cifra es de un alto porcentaje dentro de la población mundial. Por otra parte, en el año 2014, la ONG Walk Free  a través del Global Slavery Index estimó que 35,8 millones de personas viven bajo alguna forma de esclavitud moderna en todo el mundo. En todo caso, las estimaciones cifran que entre 21 y 36 millones de personas están esclavizadas a lo largo de todo el mundo. Es más del doble de la cantidad de personas que salieron de África durante el comercio de esclavos transatlántico. Sin embargo, hay esperanzas en la lucha por la erradicación. Y es que, aunque hay más gente en la esclavitud hoy que nunca a lo largo de la historia, constituye el menor porcentaje en cuanto a población mundial que en cualquier otro momento.

Otra de las características que la dificultad de aportar unas cifras exactas ha dejado ver, es que la esclavitud de nuestros días es un crimen oculto, aunque sea un secreto a voces. Las prácticas análogas a la esclavitud suelen producirse de manera clandestina dado su carácter ilegal. Esto hace más ardua la tarea de la comunidad internacional a la hora de ser consciente de las dimensiones y características del problema, y que, por tanto, las propias personas bajo esclavitud puedan buscar ayuda y amparo. Este escenario denota, por otra parte, un índice más de peligrosidad, y es que los propietarios lo son sin que conste ningún tipo de documento. Y con esto, se vuelve complejo probar la existencia del acto en un procedimiento judicial. Se dificulta, pues, el descubrir dónde y quién, castigar a los responsables y la final erradicación.

Llegados a este punto, tiene razón de ser la búsqueda de unas raíces en un problema que se torna círculo vicioso; donde las causas y  consecuencias se retroalimentan. La vulnerabilidad termina por ser la espina dorsal. Se presenta  como muestra irrefutable de que la esclavitud no es una actividad gratuita, ni que aparezca de manera espontánea sin poder encontrar una manera de ponerle freno. Los esclavos no surgen como las flores en la tierra, existen verdugos y existen responsables. Si hay un consenso en cuanto al germen es que aquellos que se encuentran con más posibilidades de sufrir esclavitud son los grupos sociales con altos niveles de pobreza, vulnerables y marginados. Estos factores les hacen una presa fácil a la hora de ser introducidos en el mercado de esclavos. Además, si a esto se le suma el miedo y la ignorancia de los derechos que poseen, y la burda necesidad de sobrevivir que les queda como opción, el resultado suele ser el silencio ante las autoridades (en caso de tener tal oportunidad). Entonces, se convierte en algo obvio que para poder llegar a la erradicación definitiva de la esclavitud no pueden ser olvidadas sus causas profundas como son la pobreza, la exclusión social y las diferentes formas de discriminación.

En el centro de esta situación, se encuentra el factor económico, dirigente silencioso de cada paso de la estructura social contemporánea. La esclavitud funciona por algo, se perpetúa por algo, y es que simplemente es un negocio como bien señala Kevin Bales.  La esclavitud es un crimen económico internacional que genera ingentes beneficios. Puede decirse que la esclavitud y sus formas análogas no surgen con el fin de causar daño a otras personas (aunque indudablemente así sea), sino por las ganancias económicas que reportan. Hay que decir que la esclavitud hoy es muy similar a lo que ha sido a lo largo de su historia. Pero por otra parte, la esclavitud moderna presenta dos características que la detallan: es barata y es desechable. Tiene lugar una pérdida completa del valor de los seres humanos. Las duras cifras muestran que los esclavos de hoy son más baratos que nunca. En 1850, un esclavo en Sudamérica costaba alrededor de 40.000$ en dinero actual.  Y sin embargo, ahora un esclavo cuesta alrededor de 90$ como promedio en todo el mundo: en lugares como Norteamérica un esclavo puede costar  entre 3.000$ y 8.000$; en cambio, en lugares como la India y Nepal pueden llegar a costar cinco o diez dólares. Además de esto, los esclavos no son considerados algo así como una inversión a mantener. El ser humano es tratado como un factor más de producción. Hoy, cuando una persona bajo esclavitud enferma o tiene una lesión, es simplemente desechado o asesinado. El punto es que el hombre ha dejado de ser un producto con valor; han pasado a ser meros instrumentos desechables.

Los datos de la OIT para 2012 Global Estimate of Forced Labour estiman que cada año se generan en la economía privada alrededor de 150 mil millones de dólares de los Estados Unidos en ganancias ilícitas a costa de las víctimas. Esto muestra que las fuerzas económicas y sociales han permitido su revivificación alarmante en las últimas décadas, siendo guías de una confección social donde la estructura centro-periferia delimita el orden mundial, produciendo un aumento de la vulnerabilidad. Millones de personas viven sin ninguna oportunidad, abandonadas. Entonces, podemos decir que la esclavitud se fragua entre la vulnerabilidad y la falta de cordón legislativo.

Existe, por ello,  una demanda y una necesidad  fuerte de justicia internacional. Prueba de ello, es que la esclavitud es uno de los primeros derechos humanos en ser reconocido como delito por el derecho internacional. Sin embargo, las posibilidades reales de respaldo legislativo tanto a nivel nacional como internacional son escasas y notablemente insuficientes. El mundo, como defiende Daniel Innerarity, se nos presenta como una realidad común, sin dueño, en el que es difícil establecer responsabilidades. Podría entenderse como un espacio desgobernado donde operan los agentes económicos con una regulación pública insuficiente. La globalización está despolitizada, es decir, impulsada por procesos ingobernables o con autoridades no justificadas. Y es que como Norberto Bobbio  señala, “el problema de fondo relativo a los derechos humanos no es hoy tanto el de justificarlos, como el de protegerlos”. Es decir, que actualmente el problema de los derechos humanos no es en sí la discusión sobre su existencia sino su puesta en práctica jurídica y política, su plena realización. No se trata ya de encontrar un fundamento o una naturaleza de los derechos humanos, sino la manera de garantizar su salvaguarda, su respeto y su aplicación.

La pelota está pues en el tejado del Estado-nación, ya que en la actualidad es el que cuenta con los recursos legislativos requeridos para tomar medidas eficientes tanto a nivel político como a nivel social, de desarrollo sociocultural. Pero al mismo tiempo, al ser la esclavitud un problema de carácter internacional la debilidad de los Estados para enfrentar la situación se hace patente al no contar con la fuerza necesaria para abarcar su estructura internacional. La soberanía está cuestionada por su ineficacia en un contexto de interdependencia. Por ello, se hace indispensable pensar en la necesidad de una pérdida de soberanía de los Estados en favor de organizaciones internacionales y  entes supranacionales, para que estos cuenten con el poder oportuno. Es importante entender que la globalización nos enmarca en  nuevos espacios que requieren una jurisdicción más allá del Estado nacional. La democracia, el humanismo y la justicia exigen hoy día repensarlos en un nuevo contexto donde la soberanía deje paso a la responsabilidad. El desafío se encuentra pues en ese salto más allá de los Estados. El Estado se ve abocado a coexistir con actores que escapan a su soberanía y, por tanto, a su control. Además, la demanda de una gobernanza global se incrementa con la interdependencia económica, militar y medioambiental. Estas circunstancias nos exigen dar una verdadera dimensión política a lo que se ha venido a llamar cosmopolitización.

Ignorar esta cuestión no puede conllevar más que su proliferación. Con la presente se pretende, por tanto, contribuir a la discusión y a la toma de conciencia de un problema tan presente en la realidad contemporánea. Después de todo, no es seguro que se pueda afirmar que la esclavitud de nuestros días sea más amarga  que la de épocas pasadas. Sin embargo, lo que es seguro es el tinte deshumanizador que baña a todas las sociedades contemporáneas (hay que señalar que todos los estados del mundo están de una u otra manera afectados por el tráfico humano; bien como países de origen, de tránsito o de destino. Entre el año 2010 y 2012 se identificaron víctimas de 152 nacionalidades en 124 países), y es que hoy el hombre es conocedor de qué sucede a su alrededor (sin querer dejar de atender con esta apreciación los interrogantes que presentan los medios de comunicación y la consecuente falsa sensación de conocimiento contemporánea). La gravedad del problema se sitúa a la altura de otro problema: que todo esto ocurre mientras el mundo entero conserva su tranquilidad de conciencia. El desarrollo de los medios de comunicación hace posible la llegada hasta todos los hogares de la realidad en la que vivimos. La lacra de nuestros días donde el Primer Mundo se encuentra bien alejado de ese al que llaman Tercer Mundo, será nuestra dolorosa vergüenza para siempre. Quizás los límites nunca habían estado tan desdibujados. Lo que tiene lugar es una especie de lo que en su día Hannah Arendt llamó "el colapso moral de la población alemana", cuando la sociedad se hizo cómplice con su indiferencia.

El trasfondo de esta situación es la propia estructura social en la que no existe una búsqueda de un reparto equitativo sino de  un crecimiento económico en pro de una mayor capitalización. Se defiende una desigualdad necesaria para establecer una regulación económica. En este contexto, hay que añadir que el hombre es entendido como ese sujeto activo (aunque sea ficticiamente activo) del que hablaba Foucault. Y, por lo tanto, es concebido como un agente económico independiente con autoresponsabilidad. Tiene cierta capacidad de autonomía, ya que puede aumentar su capital humano e invertirlo. La supuesta libertad con la que cuenta el sujeto le hace ser responsable de su desarrollo o declive. De esta forma queda anulada la posibilidad de señalar a otro culpable que no sea el propio sujeto. Entonces, bajo estos supuestos las situaciones de desigualdad no tienen más responsables que los propios individuos. La pobreza, la vulnerabilidad, la esclavitud en última instancia son algo que se entiende como merecido, sin autores. De esta forma, es fácil dejar que la economía mundial se encargue por sí sola de perpetrar el rentable exterminio.

Por otra parte, se produce una cosificación de la realidad que la convierte en hechos inalcanzables para los hombres, una especie de cosa que no se puede transformar.  Cuando lo que hay son relaciones sociales históricas (relaciones de personas). Algo así como esa sociedad del espectáculo de Debord donde los sujetos son espectadores impotentes de lo que hay, que parece no tener alternativas. Y algo que tenemos que preguntarnos es de qué sirve nuestro poder intelectual, económico y político. ¿Hacia dónde está siendo enfocado? Kevin Bales señalaba de una manera simple, pero rotunda: “¿Y saben qué? Si no lo podemos hacer, si no podemos usarlo (nuestro poder) para acabar con la esclavitud, entonces hay una última pregunta, ¿Realmente somos libres? “.