Los derechos humanos se erigen
como punto de partida ineludible a la hora de abordar el tema que nos
concierne, y es así porque son estos lo que guían como ideal a todos los
pueblos amparados por el Derecho Internacional desde mediados del siglo XIX y
más tarde por la Carta Internacional de los Derechos Humanos (que se
convertiría en la piedra angular de los derechos humanos). La esclavitud fue
uno de los primeros temas en llamar la atención de la sociedad internacional en
lo referente a los derechos humanos. Sin embargo, la insuficiencia de todas las
medidas adoptadas a la hora de llegar a una solución efectiva trae como
consecuencia una realidad en la que se encuentra la esclavitud, en nuestro
mundo, en pleno siglo XXI. Sin duda, las estimaciones numéricas con las que se
cuenta son cuanto menos alarmantes y escalofriantes; símbolo de la gran masa de
trabajo que queda por hacer en el camino de los derechos humanos, con los que
(no olvidemos) toda persona debe contar por el simple hecho de ser eso: un ser
humano.
En un primer vistazo, la
esclavitud entendida como sistema de trabajo legalmente permitida ha sido
abolida en todo lugar. Sin embargo, obviamente, esto no excluye nuevas y
complejas formas de esclavitud. Pero inclusive, cierto es que siguen existiendo
mercados de esclavos en nuestros días. Además, hay que tener en cuenta que aún
siendo abolida, deja huellas en sus víctimas y en sus descendientes, en las
sociedades que lo sufrieron y sufren en general.
El problema no solo persiste,
sino que se agranda conforme el número de personas aumenta. Sin embargo, la
precisión con que se cuenta es relativa porque no está clara cuál es la
diferencia exacta entre el aumento en número y el progreso en la exactitud en
tanto que conocimiento más preciso. Y
ello teniendo en cuenta que desgraciadamente, los datos que llevarían a tener
estimaciones mundiales más precisas son insuficientes. Por lo tanto, es
probable que este incremento sea la consecuencia de la combinación de ambos
factores. Lo que, desde luego, puede afirmarse es que hay decenas de millones
de personas atrapadas en las diversas formas de esclavitud en todo el mundo.
En lo que a cifras numéricas se
refiere, la OIT estima que 20,9 millones de personas son víctimas de trabajo
forzoso. La propia organización reconoce que esta cifra representa una
estimación mínima debido al carácter estricto de la validación y la
extrapolación de los datos. Aún con esto, la cifra es de un alto porcentaje
dentro de la población mundial. Por otra parte, en el año 2014, la ONG Walk Free a través del Global Slavery Index estimó que 35,8 millones de personas viven
bajo alguna forma de esclavitud moderna en todo el mundo. En todo caso, las
estimaciones cifran que entre 21 y 36 millones de personas están esclavizadas a
lo largo de todo el mundo. Es más del doble de la cantidad de personas que
salieron de África durante el comercio de esclavos transatlántico. Sin embargo,
hay esperanzas en la lucha por la erradicación. Y es que, aunque hay más gente
en la esclavitud hoy que nunca a lo largo de la historia, constituye el menor
porcentaje en cuanto a población mundial que en cualquier otro momento.
Otra de las características que
la dificultad de aportar unas cifras exactas ha dejado ver, es que la
esclavitud de nuestros días es un crimen oculto, aunque sea un secreto a voces.
Las prácticas análogas a la esclavitud suelen producirse de manera clandestina
dado su carácter ilegal. Esto hace más ardua la tarea de la comunidad
internacional a la hora de ser consciente de las dimensiones y características
del problema, y que, por tanto, las propias personas bajo esclavitud puedan
buscar ayuda y amparo. Este escenario denota, por otra parte, un índice más de
peligrosidad, y es que los propietarios lo son sin que conste ningún tipo de
documento. Y con esto, se vuelve complejo probar la existencia del acto en un
procedimiento judicial. Se dificulta, pues, el descubrir dónde y quién,
castigar a los responsables y la final erradicación.
Llegados a este punto, tiene
razón de ser la búsqueda de unas raíces en un problema que se torna círculo
vicioso; donde las causas y
consecuencias se retroalimentan. La vulnerabilidad termina por ser la
espina dorsal. Se presenta como muestra
irrefutable de que la esclavitud no es una actividad gratuita, ni que aparezca
de manera espontánea sin poder encontrar una manera de ponerle freno. Los
esclavos no surgen como las flores en la tierra, existen verdugos y existen
responsables. Si hay un consenso en cuanto al germen es que aquellos que se
encuentran con más posibilidades de sufrir esclavitud son los grupos sociales con
altos niveles de pobreza, vulnerables y marginados. Estos factores les hacen
una presa fácil a la hora de ser introducidos en el mercado de esclavos.
Además, si a esto se le suma el miedo y la ignorancia de los derechos que
poseen, y la burda necesidad de sobrevivir que les queda como opción, el
resultado suele ser el silencio ante las autoridades (en caso de tener tal
oportunidad). Entonces, se convierte en algo obvio que para poder llegar a la
erradicación definitiva de la esclavitud no pueden ser olvidadas sus causas
profundas como son la pobreza, la exclusión social y las diferentes formas de
discriminación.
En el centro de esta situación, se
encuentra el factor económico, dirigente silencioso de cada paso de la
estructura social contemporánea. La esclavitud funciona por algo, se perpetúa
por algo, y es que simplemente es un negocio como bien señala Kevin Bales. La esclavitud es un crimen económico
internacional que genera ingentes beneficios. Puede decirse que la esclavitud y
sus formas análogas no surgen con el fin de causar daño a otras personas
(aunque indudablemente así sea), sino por las ganancias económicas que reportan.
Hay que decir que la esclavitud hoy es muy similar a lo que ha sido a lo largo
de su historia. Pero por otra parte, la esclavitud moderna presenta dos
características que la detallan: es barata y es desechable. Tiene lugar una
pérdida completa del valor de los seres humanos. Las duras cifras muestran que
los esclavos de hoy son más baratos que nunca. En 1850, un esclavo en
Sudamérica costaba alrededor de 40.000$ en dinero actual. Y sin embargo, ahora un esclavo cuesta
alrededor de 90$ como promedio en todo el mundo: en lugares como Norteamérica un
esclavo puede costar entre 3.000$ y
8.000$; en cambio, en lugares como la India y Nepal pueden llegar a costar
cinco o diez dólares. Además de esto, los esclavos no son considerados algo así
como una inversión a mantener. El ser humano es tratado como un factor más de
producción. Hoy, cuando una persona bajo esclavitud enferma o tiene una lesión,
es simplemente desechado o asesinado. El punto es que el hombre ha dejado de
ser un producto con valor; han pasado a ser meros instrumentos desechables.
Los datos de la OIT para 2012 Global Estimate of Forced Labour
estiman que cada año se generan en la economía privada alrededor de 150 mil
millones de dólares de los Estados Unidos en ganancias ilícitas a costa de las
víctimas. Esto muestra que las fuerzas económicas y sociales han permitido su
revivificación alarmante en las últimas décadas, siendo guías de una confección
social donde la estructura centro-periferia delimita el orden mundial,
produciendo un aumento de la vulnerabilidad. Millones de personas viven sin
ninguna oportunidad, abandonadas. Entonces, podemos decir que la esclavitud se fragua
entre la vulnerabilidad y la falta de cordón legislativo.
Existe, por ello, una demanda y una necesidad fuerte de justicia internacional. Prueba de
ello, es que la esclavitud es uno de los primeros derechos humanos en ser reconocido
como delito por el derecho internacional. Sin embargo, las posibilidades reales
de respaldo legislativo tanto a nivel nacional como internacional son escasas y
notablemente insuficientes. El mundo, como defiende Daniel Innerarity, se nos
presenta como una realidad común, sin dueño, en el que es difícil establecer
responsabilidades. Podría entenderse como un espacio desgobernado donde operan
los agentes económicos con una regulación pública insuficiente. La
globalización está despolitizada, es decir, impulsada por procesos
ingobernables o con autoridades no justificadas. Y es que como Norberto
Bobbio señala, “el problema de fondo relativo a los derechos humanos no es hoy tanto
el de justificarlos, como el de protegerlos”. Es decir, que actualmente el
problema de los derechos humanos no es en sí la discusión sobre su existencia
sino su puesta en práctica jurídica y política, su plena realización. No se
trata ya de encontrar un fundamento o una naturaleza de los derechos humanos,
sino la manera de garantizar su salvaguarda, su respeto y su aplicación.
La pelota está pues en el tejado
del Estado-nación, ya que en la actualidad es el que cuenta con los recursos
legislativos requeridos para tomar medidas eficientes tanto a nivel político
como a nivel social, de desarrollo sociocultural. Pero al mismo tiempo, al ser
la esclavitud un problema de carácter internacional la debilidad de los Estados
para enfrentar la situación se hace patente al no contar con la fuerza
necesaria para abarcar su estructura internacional. La soberanía está
cuestionada por su ineficacia en un contexto de interdependencia. Por ello, se
hace indispensable pensar en la necesidad de una pérdida de soberanía de los
Estados en favor de organizaciones internacionales y entes supranacionales, para que estos cuenten
con el poder oportuno. Es importante entender que la globalización nos enmarca
en nuevos espacios que requieren una
jurisdicción más allá del Estado nacional. La democracia, el humanismo y la
justicia exigen hoy día repensarlos en un nuevo contexto donde la soberanía deje
paso a la responsabilidad. El desafío se encuentra pues en ese salto más allá
de los Estados. El Estado se ve abocado a coexistir con actores que escapan a
su soberanía y, por tanto, a su control. Además, la demanda de una gobernanza
global se incrementa con la interdependencia económica, militar y
medioambiental. Estas circunstancias nos exigen dar una verdadera dimensión política
a lo que se ha venido a llamar cosmopolitización.
Ignorar esta cuestión no puede
conllevar más que su proliferación. Con la presente se pretende, por tanto,
contribuir a la discusión y a la toma de conciencia de un problema tan presente
en la realidad contemporánea. Después de todo, no es seguro que se pueda
afirmar que la esclavitud de nuestros días sea más amarga que la de épocas pasadas. Sin embargo, lo que
es seguro es el tinte deshumanizador que baña a todas las sociedades
contemporáneas (hay que señalar que todos los estados del mundo están de una u
otra manera afectados por el tráfico humano; bien como países de origen, de
tránsito o de destino. Entre el año 2010 y 2012 se identificaron víctimas de
152 nacionalidades en 124 países), y es que hoy el hombre es conocedor de qué
sucede a su alrededor (sin querer dejar de atender con esta apreciación los
interrogantes que presentan los medios de comunicación y la consecuente falsa
sensación de conocimiento contemporánea). La gravedad del problema se sitúa a
la altura de otro problema: que todo esto ocurre mientras el mundo entero
conserva su tranquilidad de conciencia. El desarrollo de los medios de
comunicación hace posible la llegada hasta todos los hogares de la realidad en
la que vivimos. La lacra de nuestros días donde el Primer Mundo se encuentra
bien alejado de ese al que llaman Tercer Mundo, será nuestra dolorosa vergüenza
para siempre. Quizás los límites nunca habían estado tan desdibujados. Lo que
tiene lugar es una especie de lo que en su día Hannah Arendt llamó "el colapso moral de la población
alemana", cuando la sociedad se hizo cómplice con su indiferencia.
El trasfondo de esta situación es
la propia estructura social en la que no existe una búsqueda de un reparto
equitativo sino de un crecimiento
económico en pro de una mayor capitalización. Se defiende una desigualdad
necesaria para establecer una regulación económica. En este contexto, hay que
añadir que el hombre es entendido como ese sujeto activo (aunque sea
ficticiamente activo) del que hablaba Foucault. Y, por lo tanto, es concebido como un agente económico
independiente con autoresponsabilidad. Tiene cierta capacidad de autonomía, ya
que puede aumentar su capital humano e invertirlo. La supuesta libertad con la
que cuenta el sujeto le hace ser responsable de su desarrollo o declive. De
esta forma queda anulada la posibilidad de señalar a otro culpable que no sea
el propio sujeto. Entonces, bajo estos supuestos las situaciones de desigualdad
no tienen más responsables que los propios individuos. La pobreza, la
vulnerabilidad, la esclavitud en última instancia son algo que se entiende como
merecido, sin autores. De esta forma, es fácil dejar que la economía mundial se
encargue por sí sola de perpetrar el rentable exterminio.
Por otra parte, se produce una cosificación
de la realidad que la convierte en hechos inalcanzables para los hombres, una
especie de cosa que no se puede transformar.
Cuando lo que hay son relaciones sociales históricas (relaciones de
personas). Algo así como esa sociedad del espectáculo de Debord donde los sujetos son
espectadores impotentes de lo que hay, que parece no tener alternativas. Y algo
que tenemos que preguntarnos es de qué sirve nuestro poder intelectual,
económico y político. ¿Hacia dónde está siendo enfocado? Kevin Bales señalaba
de una manera simple, pero rotunda: “¿Y
saben qué? Si no lo podemos hacer, si no podemos usarlo (nuestro poder) para
acabar con la esclavitud, entonces hay una última pregunta, ¿Realmente somos
libres? “.
