viernes, 3 de abril de 2015

La obra de arte y la cultura de masas



“Lo que nosotros negamos no carece de valor ni de importancia. Más bien a eso se debe que la negación sea necesaria. Hay una razón que no aceptaremos. Hay una apariencia de sabiduría que nos horroriza. Hay una petición de acuerdo y conciliación que no escucharemos. Se ha producido una ruptura. Hemos sido reducidos a esa franqueza que no tolera la complicidad.”



Maurice Blanchot




Tratando el texto de Walter Benjamin "La obra de arte en la época de la reproductividad técnica"encontramos una llamada de atención acerca de los fenómenos sociales que se despertaban en la época en relación con la cultura de masas (que atraviesa la obra del autor) y una relación con la estética y la política. Muchos serán los que nombren a Benjamin, con acierto, como “el avisador del fuego”.

El vuelco dentro de la reproducción técnica vendrá de la mano de la fotografía, con la que se produce un importante cambio: en el ejercicio artístico la mano deja paso al ojo, que pasa a ser el productor del proceso de reproducción plástica, igualándose así con la palabra hablada. Sobre 1900 el alcance de la reproducción técnica era enorme, abarcando la totalidad de las obras de arte heredadas, con lo que su función era significativamente modificada. Se aprecia ya el germen de un cambio en la concepción sobre qué sea arte.


Toda reproducción (hasta la mejor acabada) carece de algo: “el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra”. Se trata pues de una existencia singular de la obra de arte, que se pierde con la reproducción técnica inevitablemente. En esa singularidad brotó la historia de esa obra de arte en el transcurso de su perduración. El aquí y el ahora de la obra de arte, del original, constituyen el concepto de su autenticidadEn la reproducción se le escapa al hombre el origen y, a su vez, se quiebra la testificación histórica (su autoridad). 
Este proceso de devaluación del aura se muestra como reverso de la crisis, apuntando su vinculación con los movimientos de masas, con la creciente importancia de las masas en la vida moderna. Ese acercar las cosas (espacial y humanamente) es una aspiración de las masas al igual que ese escapar de su singularidad a través de la reproducción. Lo que se produce en este proceso, es una devaluación moral que tiene como consecuencia un cambio de percepción sensorial. Y es que, esta devaluación moral, al fraguarse en la sociedad se refleja en aquello que el hombre produce, en el qué y en el cómo el hombre vierte o recibe algo del mundo. Este significativo cambio de percepción, como no puede ser de otro modo debido a su naturaleza, tiene como resultado una ruptura con la tradición, una devaluación del aura y un cambio en cuanto a la concepción del arte. Y este cambio social va a estar irremediablemente vinculado al fascismo, al proceso social en desarrollo.

 Lo que tiene lugar no es sino la “victoria” de lo igual frente a lo auténtico e irrepetible. Esto muestra esa pérdida de conciencia sobre lo profundo, manteniendo la atención en lo superficial. Y esto es, sin duda, lo que se produce en la sociedad. El hecho de que se elimine el acceso a lo profundo es una clave de la crisis. No se abren nuevos caminos, nuevas opciones, sino que se elimina una para encadenar otra que trabaja para determinados fines.

 Lo que se está señalando es de qué forma se pasa de una contemplación individual de la obra de arte a la contemplación masiva. Esta contemplación masiva  que acrecienta la distracción; cosa que será utilizada por el fascismo en el proceso de estetización de la política. Lo que podría llegar a “democratizar” el arte, posibilitando el acceso a la cultura de una forma más fácil, tiene otra cara de la moneda: también puede guiarnos a un fascismo donde la masa sea idéntica gracias a la reproducción y donde el valor artístico se encuentre en manos del poder establecido.  La técnica dirige la comunicación hasta la masa y pasa a ser un instrumento de control de las clases dominantes sobre esta masa controlada, mermada. La experiencia cambia, ya que pasa a ser una experiencia tecnológica. Entonces la conciencia de la masa está basada en una realidad construida, modificada.Tiene lugar, pues, un cambio en la experiencia estética y la tradición desde la aparición de la fotografía como arte de masas. Benjamin va a nombrar a la fotografía y al cine como aquellas que proporcionan las muestras de esta ruptura.  

En el cine el valor cultural queda eliminado, se crean copias preparadas para la reproductibilidad. El mecanismo interviene en la realidad manipulándola, recortando y construyendo una película. El cine es creado y recibido en pro de la comunicación masiva. Esto es una muestra de la devaluación elevada a límites insospechados por parte del cine, como el mismo Benjamin apunta (su tesis se ha confirmado y agravado). Termina siendo prueba palpable de que la mercantilización del arte no es sino un símbolo de un profundo cambio o ruptura en los valores de una sociedad que mercantiliza también con sus valores o que flota en esa fluida apreciación de los valores donde los límites se desdibujan. 
 
La evolución de la fotografía, el cine, dará lugar a problemas profundos. El cine degenera completamente el valor exhibitivo dejando fuera totalmente el valor cultural. Y al seguir usando el término arte, sin tener en cuenta ningún tipo de modificación del mismo, se está produciendo una devaluación del significado de arte, una ruptura con su historia. O, quizás, el término arte se ha transformado junto con los cambios sociales y ha pasado a ser otra cosa. Sin embargo, en este caso mi pregunta es: ¿es arte aquello que es mercancía? o, ¿pasa a ser otra cosa? ¿Se ha mercantilizado incluso el término arte? Sin duda, lo que está claro es la lucha y el esfuerzo por estar incluido en el arte y, por tanto, el valor que sigue teniendo a pesar de estos cambios y devaluaciones.

Entonces, ¿hemos de señalar también una ruptura del término valor al igual que lo señalamos con la obra de arte? Esto es sin duda usado por el poder.  El culto, el ritual ha sido suplantado por un algo material, que se puede tasar, copiar y moldear al gusto del mejor postor. Ahora la obra pasa a ser un producto de consumo. Donde el arte es valioso en tanto en cuanto es valioso en términos del consumo del mismo.

Lo que se desvela es una estetización de la política que señala una profunda devaluación de la sociedad, de la cultura.