domingo, 15 de enero de 2017

La globalización como fenómeno transformador. Implicaciones políticas, económicas y sociales.


 










Según David Held y McGrew: “la globalización designa la escala ampliada, la magnitud creciente, la aceleración  y la profundización del impacto de los flujos y patrones transcontinentales de interacción social. La globalización remite a un cambio o transformación en escala de la organización humana que enlaza comunidades distantes y expande el alcance de las relaciones de poder a través de regiones y continentes de todo el mundo”.

Con la presente, se pretende llevar a cabo una presentación de la globalización como fenómeno transformador de sus orígenes, características definitorias y rasgos hasta las consecuencias.
En primera instancia, habría que destacar el hecho de que hay consenso en presentarlo como un fenómeno que no es novedoso. Ya hace miles de años se inician procesos con actos simples como el intercambio de bienes y el compartir experiencias. Cada uno de los procesos de transformación global ha supuesto un cambio de paradigma y, por tanto, en la forma de desarrollo de las relaciones humanas. El desembarco de Colón en 1492 marcaría el inicio de la reconexión global.
En el siglo XV, surge una sociedad internacional con el proceso de mundialización que tiene lugar al superar la sociedad medieval y su orden social jerarquizado. En el siglo XVII se institucionalizará la sociedad internacional con el Tratado de Paz de Westfalia de 1648 con el que nace el estado moderno con fronteras, población y un poder soberano, que se convertirá en la máxima autoridad de las relaciones internacionales.
Tras la Segunda Guerra Mundial se vivió una estabilidad basada en la bipolaridad de las dos grandes potencias que da lugar al surgimiento de una nueva sociedad internacional. En 1949, el Tribunal Internacional de la Haya advierte ya que los estados habían dejado de ser los únicos sujetos de derecho internacional.
Existirán al respecto dos teorías enfrentadas. Por un lado F. Fukiyama defenderá el fin de las ideologías y de las historia tras el triunfo de la democracia liberal post-Guerra Fría y, sin embargo, por otro lado, Ulrich Beck defenderá un resurgimiento del conflicto auténticamente político tras su congelación durante la Guerra Fría.
En el siglo XX empieza pues, el desarrollo de la globalización, que se acelerara con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la URSS en 1991. Entonces, la globalización debe verse no como algo nuevo, sino como la culminación de la internacionalización como tendencia histórica universal que resulta de la acumulación de fuerzas, actores, procesos y efectos.
La realidad global deviene compleja, lo que es claro, es la dificultad de llegar a un acuerdo sobre la definición de la globalización debido a la complejidad  de procesos, interrelaciones y consecuencias. Lo que se da hoy es un único sistema de comunicación en el que la información circula de manera instantánea y libremente a través de diferentes sistemas de comunicación traduciéndose en aproximaciones, generando solidaridades, identidades, reforzando el papel de los individuos, de los actores transnacionales y subestatales, llevando a la descentralización, erosionado fronteras, provocando interdependencias y dependencias, transformando la forma de ejercer el poder y cuestionando la soberanía estatal.
Esta nueva sociedad se caracteriza, pues, por las TIC'S, el transporte, la ideología hegemónica del capitalismo, nuevos actores y organizaciones internacionales.
Manuel Castells marca las siguientes claves para entenderla:
  • Economía global, que se supone la interdependencia de los mercados.
  • Comercio internacional como clave del crecimiento global.
  • Internacionalización de la ciencia.
  • Sistema mediático global.
  • Medio ambiente como un problema planetario.
  • Globalización de los derechos humanos.
  • Seguridad global como un problema compartido.

Por su parte, Marcel Merle dirá que es universal, compleja, heterogénea (por el número de actores), fragmentada (por las diferencias políticas, económicas y culturales) e interdependiente.

Por tanto, es claro que el proceso de globalización provoca la transformación de las relaciones humanas y de las transacciones en los flujos transcontinentales e intergeneracionales. La globalización actual, es al mismo tiempo un proceso y un sistema de relaciones que afecta a todas las facetas del quehacer humano, que se extiende a los aspectos más cotidianos de la vida de las personas y del mismo modo se instala en los asuntos de trascendencia colectiva, ya sea en su vertiente económica, política o en aspectos sociales o culturales.

Todo el proceso viene marcado por la rapidez y la aceleración de los cambios. Estando así las cosas, surgen relaciones adversas a un proceso que es imparable, que ha llevado a que muchos hablen de la era de la incertidumbre, con visiones que apuntan hacia un sistema inestable, opaco y sin legitimidad. Señalando que si las tendencias de la cara oscura de la globalización se mantienen los resultados serán catastróficos.

Daniel Innerarity señala que la acentuación de la globalización, con las interdependencias que provoca parce acercarnos más a la indeterminación marítima de los Imperios que a la solidez terrestre de los Estados.

Por su parte, Manuel Castells habla de la transformación mundial que está sufriendo el mundo. Ya que aun reconociendo el desarrollo tecnológico y económico que se vive en las sociedades avanzadas, hay que tener en cuenta que el cambio se presenta para la mayoría de las personas como ajeno, incontrolable e inevitable. De ahí, el surgimiento de movimientos críticos.

Con todo ello, y teniendo en cuenta que la globalización es un marco en el que se encuentran actores individuales y colectivos, públicos y privados, pero sobre todo sus relaciones entendidas en clave integración económica, política y social. Pasamos, pues, a realizar un análisis de cada una de estas implicaciones, no dejando sin señalar desde el inicio que todas se encuentran en estrecha conexión.

Empezaremos hablando de las fuertes implicaciones políticas de la globalización: la principal estructura política desde el siglo XV era el Estado, entendido como lo define Heller, como una estructura de dominación, actor principal de las relaciones internacionales. Las relaciones económicas, políticas y sociales se desarrollaban en el marco de los estados. Esto se verá alterado por la aparición de nuevos actores y acontecimientos donde las relaciones traspasan fronteras y se ubican en un contexto planetario. Los estados se van a ver desbordados y su papel será insuficiente. Daniel Bell dirá que los estados son demasiados pequeños para los grandes desafíos y demasiado grandes para los pequeños problemas. Sin embargo, como señala Manuel Castells, el estado aun no tiende a desaparecer, sino a adaptarse al contexto. Entonces los estados siguen siendo actores centrales aunque su papel cambia. Lo que se produce es un proceso de transformación de la soberanía estatal a través de una internacionalización, una descentralización y un proceso de gobernanza.
La internacionalización marcada por la necesidad de un orden internacional al constatarse la incapacidad de la forja política estatal de abordar determinados retos. Encontraremos formas de cooperación distinta como las Naciones Unidas en el ámbito político, la Union Postal en el ambiro técnico o el Banco Mundial en el ámbito económico. La Unión Europea es un ejemplo clave de institución supranacional.
Al mismo tiempo, se produce una descentralización, a través de procesos de cesión interna de competencias ya sea a través del sistema federal americano o de los procesos intermedios que vivimos en Italia o España (que Eliseo Aja definirá como pseudo-federalismo).
Hay que señalar que ambos procesos han permitido la supervivencia del Estado como estructura principal contemporánea. Lo que se produce es que sobre esta crisis del Estado-nación, donde este pierde esa soberanía que era clave de la estructura westfaliana, se desarrolla lo que Castells ha denominado estado-red, cuyo mayor exponente será la Unión Europea. El Estado se dota, como vemos, de instrumentos cooperativos de gestión, navegación y negociación; perdiendo soberanía y pasando a un poder compartido. Y con ello, dando lugar a un nuevo sistema institucional, donde el Estado cumple funciones de articulación e integración hacia dentro y hacia fuera.
Esta situación lleva al mundo a centrarse en el paradigma de la gobernanza global, donde el sistema aparece como un compendio de actores cada vez más denso, que provocan tensiones en los planes de eficacia y legitimidad que llevan a los estados a perder soberanía frente a mecanismos de gobernanza global o regional.
Por esto, uno de los grandes retos será articula la posición jurídica de los estados y de las instituciones internacionales que ejercen muchas de sus funciones, teniendo en cuenta también que su ejercicio requiere mecanismos internacionales de cooperación. Held defenderá que el significado de las constituciones en los estados debe ser explorado en el contexto de una sociedad internacional compleja. A su vez, la globalización da lugar a la reformulación del derecho internacional orientado a un modelo de sociedad global. Al modificarse la naturaleza de las relaciones sociales, la sociedad de los Estados queda obsoleta. Franc J. García habla de una reformulación del derecho internacional como derecho político global. Se debe diseñar una nueva generación de instituciones globales, generar doctrinas capaces de entregar justicia global para una comunidad global. La configuración de nuevos espacios requiere una jurisdicción más allá del estado nacional, una gestión apropiada de los bienes comunes interdependientes y la gobernanza global.
Sin embargo, las dificultades son grandes. Faltan aún mecanismos para la transferencia y representación política efectiva a nivel global. Un de las consecuencias más visibles de la globalización política es la incapacidad de adaptación de las instituciones que le sirven de soporte, instituciones supranacionales del siglo XX creadas para paliar un tipo de relaciones que poco tienen que ver con las que se dan hoy en día, de ahí que la gobernanza sea el reto principal.
Si las propuestas de reforma de las instituciones internacionales hablan de reconocer la complejidad, la cantidad de actores e intereses, los fracasos muestran la incapacidad de las mismas para adaptarse a los paradigmas de la globalización y la multipolaridad. Como es el caso de NNUU y la necesidad de reforma señalada en la Declaración del Milenio de dotar a la Asamblea General de un papel central, reformar el Consejo de Seguridad y fortalecer la Corte Internacional de Justicia. Esto da lugar, a nuevas formas de cooperación regional entre potencias: 
  • Como es el caso de los BRICS que presentan ascenso estructural y un crecimiento económico importante a través de foros de dialogo y cooperación. Lo que señala fuertemente la necesidad de la revisión de las instituciones internacionales donde no todos tienen voz y donde en muchas ocasiones los mismos países que se sientan en unas mesas de negociación bloquean las reformas llegando a fuertes contradicciones.
  • O como el caso del reciente éxito alcanzado por la OMC, que si en 2001 la Ronda de Doha se enquisto por los intereses encontrados de los países desarrollados y los países en desarrollo, en 2013 alcanzo el Paquete de Bali que reinicia la partida del comercio mundial. Aportando así luz en la gobernanza económica y global.

La visión de las relaciones internacionales, por su parte y dentro de esta realidad compleja, también cambia. Serán decisivos (como señala Vallespin):
  • La caída del Muro de Berlín y el Bloque Soviético.
  • Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.
  • La crisis económica del petróleo del 73 y la crisis financiera del 2008.

Problemas internacionales que no pueden ser resueltos por los estados aislados, cuya solución lleva a mayores grados de interdependencia. Se pone en el centro de mira la seguridad internacional, el terrorismo, la desilogización del mundo frente a fundamentalismo y pulsiones nacionalistas. Los atentados del 11 de septiembre sitúan al mundo islámico en el centro y el actual fundamentalismo del Estado Islámico crea problemas políticos y geoestratégicos en occidente, poniendo de relevancia que los conflictos globales necesitan de soluciones globales e integradoras, de gestión de la seguridad y el miedo en un mundo abierto.
La cuestión de la evolución de la democracia es crucial en el proceso de globalización. Donde la legitimación de la democracia se ve amenazada en muchas ocasiones como resultado de la capacidad de acción perdida por el estado, que está cada vez más sujeto a dependencias internaciones y construcciones globales.
El mundo se nos presenta como una realidad común (como presenta Daniel Innerarity), sin dueño, en el que es difícil establecer responsabilidades. Lo que nos lleva de manera indiscutible a la segunda implicación de la globalización que vamos a analizar; la económica.

En lo económico, la globalización actual significa un cambio en el orden económico mundial, que va más allá de la expansión del comercio internacional. Surgen patrones de integración de la producción que cruzan las fronteras nacionales, acompañado de un aumento de la inversión internacional de las grandes empresas multinacionales. Implica la operación de una red de empresas, que conforman un sistema que necesita ser producido, reproducido, mantenido y financiado. También hay un mayor volumen de movimiento de capital financiero lo cual ha sido posible por las redes de organización a gran escala y por las nuevas tecnologías de la información.
Entonces, se puede decir que los motores de este proceso son la dinámica de los mercados, las nuevas tecnologías que dan lugar a las redes globales de producción y la funcionalidad de los mercados financieros internacionales y el desarrollo de la comunicación que lleva de la sociedad industrial a la sociedad de conocimiento y la información y que deriva en factores de producción decisivos: las informaciones y el know how.
Hay que señalar que si para unos ha supuesto una época de prosperidad por la integración y la liberalización de los mercados, que han dado lugar a procesos de acuerdos como TTIP, con el objetivo de relanzar el intercambio de bienes y servicios e inversiones entre EEUU y la UE. Para otros, ha supuesto un periodo de incertidumbre e inestabilidad económica, dando lugar en ocasiones a desigualdades sociales y a altos índices de pobreza. Se bien la pobreza se ha reducido en términos absolutos, la desigualdad ha aumentado y su manifestación es latente en la brecha entre países desarrollados y países en vías de desarrollo. Los fenómenos financieros derivan en la discusión sobre los límites en los procesos que tienen los estados, dando lugar a pérdidas de control sobre ellos. Tanto es así, que las corporaciones y multinacionales han tomado un papel protagónico en la producción y comercialización mundial de bienes y servicios e innovación y tecnologías. Esto da lugar a que existan compañías cuyas ventas superan el PIB de muchos países, produciéndose por ello un dominio sobre las economías nacionales e internacionales de un grupo reducido de compañías. De las 100 economías más importantes del mundo, más de la mitad no son estados , sino compañías transnacionales.
La exigencia de una necesidad de gobernanza global que regule los fenómenos y evite los problemas que causa el mercado sin un control suficiente, es clara. El escollo se centra en la inexistencia de las estructuras institucionales necesarias para el nuevo nivel de globalización económica.
Entonces el reto es pues, construir una gobernanza económica global, efectiva y legítima. En algunos casos habría que integrar las políticas nacionales en acuerdos supranacionales para evitar males públicos globales, y en otros casos habrá que coordinar las políticas para internalizar las externalidades negativas de las políticas nacionales, y en otros será necesaria la cooperación para mejorar el mecanismo de toma de decisiones. La gobernanza global es difícil porque exige adoptar políticas económicas nacionales a las necesidades del sistema y con ello, pérdida de soberanía. Por lo que se tiene que entender como un procedimiento basado en la negociación permanente y el respeto a la ley y no como un gobierno global  del que estamos lejos.
Hay que tener en cuenta que la gobernanza puede contener legitimidad o no y una mayor o menor transparencia. Aun así, la comunidad internacional ha intentado establecer mecanismos institucionales que emanen de negociaciones intergubernamentales y que aspiren a la legitimidad.
Ya antes de la crisis financiera de 2008, se vislumbraba la necesidad de potenciar las reglas económicas globales, para coordinar las interacciones entre economías nacionales reguladas con regulaciones esencialmente nacionales. El marco del G-20 va a ser un ejemplo de iniciativas de cooperación en el contexto de la crisis, que defenderá  que una crisis global, exige una solución global, aunque desde 2010 con la sensación de riesgo más difuminada, los esfuerzos se desvanecen frente a mas intereses nacionales y la resistencia a ceder soberanía para mejorar la regulación económica.
En la actualidad el sistema económico internacional está en transición: con el auge de las potencias emergentes y el declive relativo de occidente; la creciente interdependencia y los nuevos equilibrios de poder demandan un marco de gobernanza económica global. Los mercados dependen de un marco institucional y es aquí donde la política puede actuar.
La mejora de la gobernanza económica sigue siendo una asignatura pendiente. Mientras los instrumentos de gobernanza permanezcan reducidos en los estados nacionales, mientras se limite la capacidad de estos y no se transfiera capacidad a instituciones globales. El gobierno de los mercados no debe ser entendido como fortalecimiento de los gobiernos, sino como un sistema mixto de gobernanza. Por otra parte, es utópico pensar que sea posible crear sistemas de gobernanza global democráticos y legítimos en todos los ámbitos. La clave está en donde y cuando es necesaria la gobernanza supranacional.
El mundo contemporáneo se integra y se diversifica simultáneamente a través del desarrollo tecnológico y los movimientos migratorios. Tanto es así, que el desafío es la integración cultural, alcanzar la unidad en la diversidad y organizar esta diversidad para ayudar a los pueblos a convivir mejor. Muestra de ello, es el conflicto latente con la crisis de los refugiados que se vive en las fronteras europeas y los pactos para contener los flujos migratorios firmados con Turquía. Si por una parte se siente el proteccionismo y los nacionalismos florecer con la proliferación de muros que no muestras más que la erosión de los estados-nación y la ambigüedad de una globalización económica y un aislamiento psicopolítico. Por otra parte, es clave la necesidad de una exigencia de la actuación de los derechos humanos, ahí donde la humanidad se impone como referente de la política internacional. El desafío de los derechos humanos es el descubrimiento de la humanidad más allá de la nación.
Ya en el “informe mundial del cultura y desarrollo” de 1997 se consideraba la necesidad de una cultura cívica global. El desarrollo de las nuevas tecnologías de la información están dando lugar a la socialización virtual y con ella a la importancia de las políticas de identidad como defenderá Vallespin, con procesos de libertad de elección que llevan al individuo a verse obligado constantemente a definir su identidad en función de diversos factores por un lado y a su vez, por otro lado a la organización de movimientos sociales que actúan como agentes de presión que alcanzan decisiones políticas y económicas; como expresión de las demandas auténticas y simbólicas de las sociedades, gracias en gran medida a las nuevas tecnologías y a los medios de comunicación masivos.El hecho de que la presión de los ciudadanos causa efecto, se muestra por ejemplo con la prohibición de las minas antipersona que se alcanzó en 1999.
Lo que es claro, es que los fenómenos sociales ya no pueden ser explicados desde los procesos internos de los estados nacionales, se han traspasado las fronteras, los tiempos y las dimensiones culturales. Es estado-nación, ya no es pues el contenedor de los procesos sociales. Surgen movimientos sociales a nivel global como los que llevan a cabo ONG como Greenpeace.
Sin embargo, hay que tener en cuenta limitaciones en cuanto a que:
  • Los flujos de bienes, personas e información no es igual en todos los países.
  • Que no todo el mundo puede disfrutar de los nuevos bienes y servicios, debido a los altos índices de pobreza existentes, lo que da lugar a la llamada brecha digital, que deja patente las desigualdades que origina la globalización. Y será un punto importante en los movimientos antiglobalización que trataran de aunar sensibilidades para luchar contra la tendencia de la desigualdad que nace de la globalización. La sociedad se ha vuelto más vigilante y presenta nuevas exigencias de trasparencia.
  • Y el surgimiento de la globalización.

 La forma en la que operan las sociedades está en contante cambio y clave del cambio es el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación. Lo que sí es claro, pues, es que la globalización da lugar a cambios constantes a una sociedad de la información a las Tic’s, la internacionalización de los problemas y gran cantidad de demandas ciudadanas por parte de una sociedad civil que exige la construcción de una sociedad-mundo. Y en este contexto, la defensa de las llamados bienes públicos globales, como será el caso del cambio climático, proceso central de la globalización y que ve frutos positivos con el acuerdo histórico de la COP21 en 2015 en Paris, o en cuanto a la sanidad con las declaraciones de la OMS en 2014 y 2016 sobre las crisis del ébola y el zika respectivamente, tratándolas de crisis sanitarias globales y emergencias globales.
Podría concluirse, después de lo expuesto y de las grandes interrelaciones que presentan las implicaciones y los fenómenos existentes, que han de repensarse los conceptos de democracia, humanismo y justicia en un nuevo contexto en el que se pase de la soberanía a la responsabilidad, como bien defiende Daniel Innerarity. Pasar de la soberanía como control a la soberanía como responsabilidad.
El reto se encuentra, pues, en avanzar de una globalización despolitizada, impulsada por procesos ingobernables o con autoridades no justificadas a un sentido común al descubrimiento político de que el interés particular esta en relación con los de los otros y de la lógica que la vincula.

martes, 15 de septiembre de 2015

La esclavitud moderna



 Los derechos humanos se erigen como punto de partida ineludible a la hora de abordar el tema que nos concierne, y es así porque son estos lo que guían como ideal a todos los pueblos amparados por el Derecho Internacional desde mediados del siglo XIX y más tarde por la Carta Internacional de los Derechos Humanos (que se convertiría en la piedra angular de los derechos humanos). La esclavitud fue uno de los primeros temas en llamar la atención de la sociedad internacional en lo referente a los derechos humanos. Sin embargo, la insuficiencia de todas las medidas adoptadas a la hora de llegar a una solución efectiva trae como consecuencia una realidad en la que se encuentra la esclavitud, en nuestro mundo, en pleno siglo XXI. Sin duda, las estimaciones numéricas con las que se cuenta son cuanto menos alarmantes y escalofriantes; símbolo de la gran masa de trabajo que queda por hacer en el camino de los derechos humanos, con los que (no olvidemos) toda persona debe contar por el simple hecho de ser eso: un ser humano.

En un primer vistazo, la esclavitud entendida como sistema de trabajo legalmente permitida ha sido abolida en todo lugar. Sin embargo, obviamente, esto no excluye nuevas y complejas formas de esclavitud. Pero inclusive, cierto es que siguen existiendo mercados de esclavos en nuestros días. Además, hay que tener en cuenta que aún siendo abolida, deja huellas en sus víctimas y en sus descendientes, en las sociedades que lo sufrieron y sufren en general.

El problema no solo persiste, sino que se agranda conforme el número de personas aumenta. Sin embargo, la precisión con que se cuenta es relativa porque no está clara cuál es la diferencia exacta entre el aumento en número y el progreso en la exactitud en tanto que conocimiento  más preciso. Y ello teniendo en cuenta que desgraciadamente, los datos que llevarían a tener estimaciones mundiales más precisas son insuficientes. Por lo tanto, es probable que este incremento sea la consecuencia de la combinación de ambos factores. Lo que, desde luego, puede afirmarse es que hay decenas de millones de personas atrapadas en las diversas formas de esclavitud en todo el mundo.

En lo que a cifras numéricas se refiere, la OIT estima que 20,9 millones de personas son víctimas de trabajo forzoso. La propia organización reconoce que esta cifra representa una estimación mínima debido al carácter estricto de la validación y la extrapolación de los datos. Aún con esto, la cifra es de un alto porcentaje dentro de la población mundial. Por otra parte, en el año 2014, la ONG Walk Free  a través del Global Slavery Index estimó que 35,8 millones de personas viven bajo alguna forma de esclavitud moderna en todo el mundo. En todo caso, las estimaciones cifran que entre 21 y 36 millones de personas están esclavizadas a lo largo de todo el mundo. Es más del doble de la cantidad de personas que salieron de África durante el comercio de esclavos transatlántico. Sin embargo, hay esperanzas en la lucha por la erradicación. Y es que, aunque hay más gente en la esclavitud hoy que nunca a lo largo de la historia, constituye el menor porcentaje en cuanto a población mundial que en cualquier otro momento.

Otra de las características que la dificultad de aportar unas cifras exactas ha dejado ver, es que la esclavitud de nuestros días es un crimen oculto, aunque sea un secreto a voces. Las prácticas análogas a la esclavitud suelen producirse de manera clandestina dado su carácter ilegal. Esto hace más ardua la tarea de la comunidad internacional a la hora de ser consciente de las dimensiones y características del problema, y que, por tanto, las propias personas bajo esclavitud puedan buscar ayuda y amparo. Este escenario denota, por otra parte, un índice más de peligrosidad, y es que los propietarios lo son sin que conste ningún tipo de documento. Y con esto, se vuelve complejo probar la existencia del acto en un procedimiento judicial. Se dificulta, pues, el descubrir dónde y quién, castigar a los responsables y la final erradicación.

Llegados a este punto, tiene razón de ser la búsqueda de unas raíces en un problema que se torna círculo vicioso; donde las causas y  consecuencias se retroalimentan. La vulnerabilidad termina por ser la espina dorsal. Se presenta  como muestra irrefutable de que la esclavitud no es una actividad gratuita, ni que aparezca de manera espontánea sin poder encontrar una manera de ponerle freno. Los esclavos no surgen como las flores en la tierra, existen verdugos y existen responsables. Si hay un consenso en cuanto al germen es que aquellos que se encuentran con más posibilidades de sufrir esclavitud son los grupos sociales con altos niveles de pobreza, vulnerables y marginados. Estos factores les hacen una presa fácil a la hora de ser introducidos en el mercado de esclavos. Además, si a esto se le suma el miedo y la ignorancia de los derechos que poseen, y la burda necesidad de sobrevivir que les queda como opción, el resultado suele ser el silencio ante las autoridades (en caso de tener tal oportunidad). Entonces, se convierte en algo obvio que para poder llegar a la erradicación definitiva de la esclavitud no pueden ser olvidadas sus causas profundas como son la pobreza, la exclusión social y las diferentes formas de discriminación.

En el centro de esta situación, se encuentra el factor económico, dirigente silencioso de cada paso de la estructura social contemporánea. La esclavitud funciona por algo, se perpetúa por algo, y es que simplemente es un negocio como bien señala Kevin Bales.  La esclavitud es un crimen económico internacional que genera ingentes beneficios. Puede decirse que la esclavitud y sus formas análogas no surgen con el fin de causar daño a otras personas (aunque indudablemente así sea), sino por las ganancias económicas que reportan. Hay que decir que la esclavitud hoy es muy similar a lo que ha sido a lo largo de su historia. Pero por otra parte, la esclavitud moderna presenta dos características que la detallan: es barata y es desechable. Tiene lugar una pérdida completa del valor de los seres humanos. Las duras cifras muestran que los esclavos de hoy son más baratos que nunca. En 1850, un esclavo en Sudamérica costaba alrededor de 40.000$ en dinero actual.  Y sin embargo, ahora un esclavo cuesta alrededor de 90$ como promedio en todo el mundo: en lugares como Norteamérica un esclavo puede costar  entre 3.000$ y 8.000$; en cambio, en lugares como la India y Nepal pueden llegar a costar cinco o diez dólares. Además de esto, los esclavos no son considerados algo así como una inversión a mantener. El ser humano es tratado como un factor más de producción. Hoy, cuando una persona bajo esclavitud enferma o tiene una lesión, es simplemente desechado o asesinado. El punto es que el hombre ha dejado de ser un producto con valor; han pasado a ser meros instrumentos desechables.

Los datos de la OIT para 2012 Global Estimate of Forced Labour estiman que cada año se generan en la economía privada alrededor de 150 mil millones de dólares de los Estados Unidos en ganancias ilícitas a costa de las víctimas. Esto muestra que las fuerzas económicas y sociales han permitido su revivificación alarmante en las últimas décadas, siendo guías de una confección social donde la estructura centro-periferia delimita el orden mundial, produciendo un aumento de la vulnerabilidad. Millones de personas viven sin ninguna oportunidad, abandonadas. Entonces, podemos decir que la esclavitud se fragua entre la vulnerabilidad y la falta de cordón legislativo.

Existe, por ello,  una demanda y una necesidad  fuerte de justicia internacional. Prueba de ello, es que la esclavitud es uno de los primeros derechos humanos en ser reconocido como delito por el derecho internacional. Sin embargo, las posibilidades reales de respaldo legislativo tanto a nivel nacional como internacional son escasas y notablemente insuficientes. El mundo, como defiende Daniel Innerarity, se nos presenta como una realidad común, sin dueño, en el que es difícil establecer responsabilidades. Podría entenderse como un espacio desgobernado donde operan los agentes económicos con una regulación pública insuficiente. La globalización está despolitizada, es decir, impulsada por procesos ingobernables o con autoridades no justificadas. Y es que como Norberto Bobbio  señala, “el problema de fondo relativo a los derechos humanos no es hoy tanto el de justificarlos, como el de protegerlos”. Es decir, que actualmente el problema de los derechos humanos no es en sí la discusión sobre su existencia sino su puesta en práctica jurídica y política, su plena realización. No se trata ya de encontrar un fundamento o una naturaleza de los derechos humanos, sino la manera de garantizar su salvaguarda, su respeto y su aplicación.

La pelota está pues en el tejado del Estado-nación, ya que en la actualidad es el que cuenta con los recursos legislativos requeridos para tomar medidas eficientes tanto a nivel político como a nivel social, de desarrollo sociocultural. Pero al mismo tiempo, al ser la esclavitud un problema de carácter internacional la debilidad de los Estados para enfrentar la situación se hace patente al no contar con la fuerza necesaria para abarcar su estructura internacional. La soberanía está cuestionada por su ineficacia en un contexto de interdependencia. Por ello, se hace indispensable pensar en la necesidad de una pérdida de soberanía de los Estados en favor de organizaciones internacionales y  entes supranacionales, para que estos cuenten con el poder oportuno. Es importante entender que la globalización nos enmarca en  nuevos espacios que requieren una jurisdicción más allá del Estado nacional. La democracia, el humanismo y la justicia exigen hoy día repensarlos en un nuevo contexto donde la soberanía deje paso a la responsabilidad. El desafío se encuentra pues en ese salto más allá de los Estados. El Estado se ve abocado a coexistir con actores que escapan a su soberanía y, por tanto, a su control. Además, la demanda de una gobernanza global se incrementa con la interdependencia económica, militar y medioambiental. Estas circunstancias nos exigen dar una verdadera dimensión política a lo que se ha venido a llamar cosmopolitización.

Ignorar esta cuestión no puede conllevar más que su proliferación. Con la presente se pretende, por tanto, contribuir a la discusión y a la toma de conciencia de un problema tan presente en la realidad contemporánea. Después de todo, no es seguro que se pueda afirmar que la esclavitud de nuestros días sea más amarga  que la de épocas pasadas. Sin embargo, lo que es seguro es el tinte deshumanizador que baña a todas las sociedades contemporáneas (hay que señalar que todos los estados del mundo están de una u otra manera afectados por el tráfico humano; bien como países de origen, de tránsito o de destino. Entre el año 2010 y 2012 se identificaron víctimas de 152 nacionalidades en 124 países), y es que hoy el hombre es conocedor de qué sucede a su alrededor (sin querer dejar de atender con esta apreciación los interrogantes que presentan los medios de comunicación y la consecuente falsa sensación de conocimiento contemporánea). La gravedad del problema se sitúa a la altura de otro problema: que todo esto ocurre mientras el mundo entero conserva su tranquilidad de conciencia. El desarrollo de los medios de comunicación hace posible la llegada hasta todos los hogares de la realidad en la que vivimos. La lacra de nuestros días donde el Primer Mundo se encuentra bien alejado de ese al que llaman Tercer Mundo, será nuestra dolorosa vergüenza para siempre. Quizás los límites nunca habían estado tan desdibujados. Lo que tiene lugar es una especie de lo que en su día Hannah Arendt llamó "el colapso moral de la población alemana", cuando la sociedad se hizo cómplice con su indiferencia.

El trasfondo de esta situación es la propia estructura social en la que no existe una búsqueda de un reparto equitativo sino de  un crecimiento económico en pro de una mayor capitalización. Se defiende una desigualdad necesaria para establecer una regulación económica. En este contexto, hay que añadir que el hombre es entendido como ese sujeto activo (aunque sea ficticiamente activo) del que hablaba Foucault. Y, por lo tanto, es concebido como un agente económico independiente con autoresponsabilidad. Tiene cierta capacidad de autonomía, ya que puede aumentar su capital humano e invertirlo. La supuesta libertad con la que cuenta el sujeto le hace ser responsable de su desarrollo o declive. De esta forma queda anulada la posibilidad de señalar a otro culpable que no sea el propio sujeto. Entonces, bajo estos supuestos las situaciones de desigualdad no tienen más responsables que los propios individuos. La pobreza, la vulnerabilidad, la esclavitud en última instancia son algo que se entiende como merecido, sin autores. De esta forma, es fácil dejar que la economía mundial se encargue por sí sola de perpetrar el rentable exterminio.

Por otra parte, se produce una cosificación de la realidad que la convierte en hechos inalcanzables para los hombres, una especie de cosa que no se puede transformar.  Cuando lo que hay son relaciones sociales históricas (relaciones de personas). Algo así como esa sociedad del espectáculo de Debord donde los sujetos son espectadores impotentes de lo que hay, que parece no tener alternativas. Y algo que tenemos que preguntarnos es de qué sirve nuestro poder intelectual, económico y político. ¿Hacia dónde está siendo enfocado? Kevin Bales señalaba de una manera simple, pero rotunda: “¿Y saben qué? Si no lo podemos hacer, si no podemos usarlo (nuestro poder) para acabar con la esclavitud, entonces hay una última pregunta, ¿Realmente somos libres? “.


miércoles, 5 de agosto de 2015

El último Foucault (1976): biopolítica y neoliberalismo (III)

 

 La conexión entre la subjetividad moderna (la construcción de la individualidad) y el consumo y los mecanismos de poder es obvia. Tienen lugar, por tanto, mecanismos de control y mecanismos de subjetivación para la producción de subjetividad. Nada queda fuera del mecanismo económico; todo está atravesado por este y deriva en mercancía. El capitalismo produce subjetividades como mercancías y convierte a los individuos en productores. Luego la vida está dispuesta en torno al consumo. El discurso de las libertades, por tanto, queda en el aire al identificar ese mecanismo mediante el cual los individuos se disponen en torno al consumo en toda la extensión de acciones. Se legitima en todo momento un estilo de vida basado en las libertades de los individuos en cuanto a las elecciones, oportunidades y diversidades. Pero, muy al contrario, lo que se ofrece es una ficticia libertad dentro de un marco completamente atravesado por los mecanismos del mercado, del consumo. Entonces, la verdadera y única posibilidad es el consumo. 

La sociedad del espectáculo de Guy Debord, en relación con esto, muestra bien ese sujeto moderno uniformado, pero a la vez profundamente atomizado. Junto con ese control mediante el aislamiento del sujeto, se produce una integración a través de la producción y el consumo. Hay, por tanto, un mecanismo de normalización regido por el consumo que lo subsume todo. Se produce una decadencia de la experiencia, ya que los sujetos pasan a ser meros espectadores. Esa pasividad es inherente a una estructura económica precisa. Según Foucault, este es el resultado del poder biopolítico sobre la sociedad moderna. Es decir, que los mecanismos de control buscan deliberadamente esa estructuración de las relaciones y comportamientos sociales para potenciar el éxito del funcionamiento de los mecanismos de consumo. De esta forma es más efectiva la regulación y normalización de la vida, de los individuos como masa.

Lo que se entiende por espectáculo es que la visión de la sociedad es pasiva, impotente, sin margen para la crítica. Hay una cosificación de la realidad que la convierte en hechos inalcanzables que no se puede transformar cuando lo que hay son relaciones sociales históricas (relaciones de personas). El término espectáculo es una realidad histórica que convierte a los sujetos en espectadores impotentes de lo que hay, que parece no tener alternativas. Por eso la idea de espectáculo confluye con el déficit de experiencia (el hecho de que ya no vivimos). La idea de una vida que no deja huella, que no construye a los individuos. Debord pone de manifiesto que lo que se hurta a los seres humanos es la vida. El espectáculo es entonces, lo opuesto a la vida porque es un modo de vida o de no vida. El espectáculo como eso que nos ofrece una construcción falaz de la vida.

Debord denuncia un mundo en el que se nos dice que somos libres, que podemos decidir. Cuando en realidad de que se concede es una libertad insignificante, una supuesta libertad, que no sirve para nada. La libertad de los hombres se convierte en algo así como libertad de consumo. Y esta visión espectacular penetra en todos los rincones de la existencia humana. Es una existencia, pues, alienada. Primero se produce para consumir y después se consume. No hay resquicios para lo individual, para lo privado. El consumo cada vez penetra más profundo. Hay una racionalidad de la eficacia entendida como tiempo de consumo en el que incluso el ocio forma parte. El tiempo no nos pertenece.

En este mundo toda alternativa es descalificada. Se produce una especie de totalitarismo. La comunicación es unilateral, en tanto en cuanto se reciben mensajes que no esperan respuesta alguna, ni mucho menos retroalimentación crítica. Por ello, la crítica no tiene espacio, solo esa crítica que no es efectiva y pasa a servir de coartada.

En este contexto la identidad del sujeto pasa a estar supuestamente en manos del propio sujeto. Los individuos se enfrentan a una especie de obligación de autodeterminarse enmascarada como libertad. Lo que parece una posibilidad se convierte en una obligación. A su vez, en esta situación al hacerse a sí mismo, el éxito o el  fracaso recae bajo la responsabilidad del propio individuo.


“El mundo solo pudo proclamarse oficialmente unificado porque previamente se había producido esta fusión en la realidad económico-política  a escala mundial. Y, asimismo, si el mundo tenía necesidad de reunificarse rápidamente, ello se debía  a la gravedad que presentaba un poder separado en la situación universal a la que hemos llegado; el mundo necesitaba participar como un solo bloque en la misma organización consensual del mercado mundial, espectacularmente falsificado y garantizado.” (La sociedad del espectáculo, Guy Debord)


En este punto es interesante la posición de Hardt y Negri. En la sociedad de control, las dinámicas establecidas por las relaciones de poder son interiorizadas por los propios individuos. Entonces, se produce una especie de generalización del resultado del proceso disciplinario. La población se encuentra, pues, completamente introducida en la lógica de la administración de la vida. Y esto tiene lugar de manera voluntaria, por lo que no hace más que reforzar ese estado. La situación es paradójica puesto que el poder se extiende a lo largo de la sociedad a través de supuestas libertades. El resultado es una difícil posibilidad de resistencia frente a un mundo presentado como el único posible y que, además, ha sido construido por los propios individuos en cuanto que libres de elegir. De esto se entiende, que la propia subsistencia del capitalismo reside en la integración completa de los individuos bajo un control tanto de los cuerpos como de las conciencias. El sujeto por completo, su existencia, se encuentra dominado. De esta forma, se autoreproduce en tanto en cuanto los propios individuos trabajan potenciando su desarrollo.

Y muy en relación con esto, está a crítica que realiza Marcuse a la sociedad moderna. Marcuse presenta al sujeto como víctima de una dominación a través de un estado de bienestar, que realiza supuestas mejoras (insignificantes) en la vida de los individuos, pero que le son suficientes. Lo que sucede es que los individuos quedan subsumidos y sus necesidades pasan a ser ficticias, creadas en beneficio del mercado. El hombre unidimensional se encuentra satisfecho. Además, no existen alternativas de vida, ya que aquello que se presentaba como oposición es anulado, en tanto que es incorporado a la sociedad y orientado hacia una rentabilidad de la misma. Entonces, la crítica no es ya peligrosa; incluso sirve para engrasar el sistema. Al encontrarse tan introyectada esa visión la crítica no llega a ser eficaz y, por ello, es permitida. La libertad se torna también ficticia cuando las alternativas dentro del status quo no son tales porque se encuentran sometidas al mercado.


“la belleza revela su terror conforme las altamente clasificadas plantas nucleares y laboratorios se convierten en <parques industriales> con agradables alrededores; los Cuarteles de Defensa Civil exhiben un <refugio de lujo contra la radiactividad> con alfombras <suaves> de pared a pared, sillones, televisión y cuarto de diversión, <diseñado como un salón familiar combinado durante el tiempo de paz (¡sic!) y refugio familiar contra la radiactividad si estallara la guerra>. Si el horror de tales realizaciones no penetra en la conciencia, si realmente se da por sentado, es porque estas realizaciones son: a) perfectamente racionales en términos del orden existente, b) signos de la ingenuidad humana y del poder más allá de los límites tradicionales de la imaginación.” (Marcuse, H., El hombre unidimensional)



La intención de Foucault en este contexto, es de alertar sobre los peligros de los mecanismos de poder occidentales. Podría entenderse como una especie de tarea ética en tanto en cuanto Foucault llama la atención sobre un poder que somete la existencia de los individuos a la vida biológica; sobre una racionalidad que procura la apropiación de la vida.