miércoles, 5 de agosto de 2015

El último Foucault (1976): biopolítica y neoliberalismo (III)

 

 La conexión entre la subjetividad moderna (la construcción de la individualidad) y el consumo y los mecanismos de poder es obvia. Tienen lugar, por tanto, mecanismos de control y mecanismos de subjetivación para la producción de subjetividad. Nada queda fuera del mecanismo económico; todo está atravesado por este y deriva en mercancía. El capitalismo produce subjetividades como mercancías y convierte a los individuos en productores. Luego la vida está dispuesta en torno al consumo. El discurso de las libertades, por tanto, queda en el aire al identificar ese mecanismo mediante el cual los individuos se disponen en torno al consumo en toda la extensión de acciones. Se legitima en todo momento un estilo de vida basado en las libertades de los individuos en cuanto a las elecciones, oportunidades y diversidades. Pero, muy al contrario, lo que se ofrece es una ficticia libertad dentro de un marco completamente atravesado por los mecanismos del mercado, del consumo. Entonces, la verdadera y única posibilidad es el consumo. 

La sociedad del espectáculo de Guy Debord, en relación con esto, muestra bien ese sujeto moderno uniformado, pero a la vez profundamente atomizado. Junto con ese control mediante el aislamiento del sujeto, se produce una integración a través de la producción y el consumo. Hay, por tanto, un mecanismo de normalización regido por el consumo que lo subsume todo. Se produce una decadencia de la experiencia, ya que los sujetos pasan a ser meros espectadores. Esa pasividad es inherente a una estructura económica precisa. Según Foucault, este es el resultado del poder biopolítico sobre la sociedad moderna. Es decir, que los mecanismos de control buscan deliberadamente esa estructuración de las relaciones y comportamientos sociales para potenciar el éxito del funcionamiento de los mecanismos de consumo. De esta forma es más efectiva la regulación y normalización de la vida, de los individuos como masa.

Lo que se entiende por espectáculo es que la visión de la sociedad es pasiva, impotente, sin margen para la crítica. Hay una cosificación de la realidad que la convierte en hechos inalcanzables que no se puede transformar cuando lo que hay son relaciones sociales históricas (relaciones de personas). El término espectáculo es una realidad histórica que convierte a los sujetos en espectadores impotentes de lo que hay, que parece no tener alternativas. Por eso la idea de espectáculo confluye con el déficit de experiencia (el hecho de que ya no vivimos). La idea de una vida que no deja huella, que no construye a los individuos. Debord pone de manifiesto que lo que se hurta a los seres humanos es la vida. El espectáculo es entonces, lo opuesto a la vida porque es un modo de vida o de no vida. El espectáculo como eso que nos ofrece una construcción falaz de la vida.

Debord denuncia un mundo en el que se nos dice que somos libres, que podemos decidir. Cuando en realidad de que se concede es una libertad insignificante, una supuesta libertad, que no sirve para nada. La libertad de los hombres se convierte en algo así como libertad de consumo. Y esta visión espectacular penetra en todos los rincones de la existencia humana. Es una existencia, pues, alienada. Primero se produce para consumir y después se consume. No hay resquicios para lo individual, para lo privado. El consumo cada vez penetra más profundo. Hay una racionalidad de la eficacia entendida como tiempo de consumo en el que incluso el ocio forma parte. El tiempo no nos pertenece.

En este mundo toda alternativa es descalificada. Se produce una especie de totalitarismo. La comunicación es unilateral, en tanto en cuanto se reciben mensajes que no esperan respuesta alguna, ni mucho menos retroalimentación crítica. Por ello, la crítica no tiene espacio, solo esa crítica que no es efectiva y pasa a servir de coartada.

En este contexto la identidad del sujeto pasa a estar supuestamente en manos del propio sujeto. Los individuos se enfrentan a una especie de obligación de autodeterminarse enmascarada como libertad. Lo que parece una posibilidad se convierte en una obligación. A su vez, en esta situación al hacerse a sí mismo, el éxito o el  fracaso recae bajo la responsabilidad del propio individuo.


“El mundo solo pudo proclamarse oficialmente unificado porque previamente se había producido esta fusión en la realidad económico-política  a escala mundial. Y, asimismo, si el mundo tenía necesidad de reunificarse rápidamente, ello se debía  a la gravedad que presentaba un poder separado en la situación universal a la que hemos llegado; el mundo necesitaba participar como un solo bloque en la misma organización consensual del mercado mundial, espectacularmente falsificado y garantizado.” (La sociedad del espectáculo, Guy Debord)


En este punto es interesante la posición de Hardt y Negri. En la sociedad de control, las dinámicas establecidas por las relaciones de poder son interiorizadas por los propios individuos. Entonces, se produce una especie de generalización del resultado del proceso disciplinario. La población se encuentra, pues, completamente introducida en la lógica de la administración de la vida. Y esto tiene lugar de manera voluntaria, por lo que no hace más que reforzar ese estado. La situación es paradójica puesto que el poder se extiende a lo largo de la sociedad a través de supuestas libertades. El resultado es una difícil posibilidad de resistencia frente a un mundo presentado como el único posible y que, además, ha sido construido por los propios individuos en cuanto que libres de elegir. De esto se entiende, que la propia subsistencia del capitalismo reside en la integración completa de los individuos bajo un control tanto de los cuerpos como de las conciencias. El sujeto por completo, su existencia, se encuentra dominado. De esta forma, se autoreproduce en tanto en cuanto los propios individuos trabajan potenciando su desarrollo.

Y muy en relación con esto, está a crítica que realiza Marcuse a la sociedad moderna. Marcuse presenta al sujeto como víctima de una dominación a través de un estado de bienestar, que realiza supuestas mejoras (insignificantes) en la vida de los individuos, pero que le son suficientes. Lo que sucede es que los individuos quedan subsumidos y sus necesidades pasan a ser ficticias, creadas en beneficio del mercado. El hombre unidimensional se encuentra satisfecho. Además, no existen alternativas de vida, ya que aquello que se presentaba como oposición es anulado, en tanto que es incorporado a la sociedad y orientado hacia una rentabilidad de la misma. Entonces, la crítica no es ya peligrosa; incluso sirve para engrasar el sistema. Al encontrarse tan introyectada esa visión la crítica no llega a ser eficaz y, por ello, es permitida. La libertad se torna también ficticia cuando las alternativas dentro del status quo no son tales porque se encuentran sometidas al mercado.


“la belleza revela su terror conforme las altamente clasificadas plantas nucleares y laboratorios se convierten en <parques industriales> con agradables alrededores; los Cuarteles de Defensa Civil exhiben un <refugio de lujo contra la radiactividad> con alfombras <suaves> de pared a pared, sillones, televisión y cuarto de diversión, <diseñado como un salón familiar combinado durante el tiempo de paz (¡sic!) y refugio familiar contra la radiactividad si estallara la guerra>. Si el horror de tales realizaciones no penetra en la conciencia, si realmente se da por sentado, es porque estas realizaciones son: a) perfectamente racionales en términos del orden existente, b) signos de la ingenuidad humana y del poder más allá de los límites tradicionales de la imaginación.” (Marcuse, H., El hombre unidimensional)



La intención de Foucault en este contexto, es de alertar sobre los peligros de los mecanismos de poder occidentales. Podría entenderse como una especie de tarea ética en tanto en cuanto Foucault llama la atención sobre un poder que somete la existencia de los individuos a la vida biológica; sobre una racionalidad que procura la apropiación de la vida.

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