
En este momento en el que los
impactos de información que recibimos son constantes y de un volumen tan
inmenso que nos es imposible abarcar es difícil no preguntarse, no dudar… no
pensar en intereses políticos, mercantiles, que puedan estar detrás de aquello
que escuchamos, leemos como verdades absolutas. El tema tratado en
la película “Buenas noches y buena suerte” se encuentra incrustado en el
recorrido histórico del periodismo o de los medios de comunicación en general,
y es la difícil tarea de comunicar información en un mundo plagado de
interferencias. El periodismo, los medios de comunicación, ostentan en sus
manos una importantísima labor, que es la de informar de aquello que ocurre,
que tiene lugar en los diferentes ámbitos que atañen a los conformantes de una
sociedad.
Y es precisamente por este motivo
por el que son portadores, casi sin que se note en un primer vistazo, de un gran arma. Un arma que es
lanzada y que impacta en la sociedad. Depende, entonces, de quién utiliza ese
arma, el que sea un maravilloso instrumento beneficioso para el ser humano,
para la humanidad; o que por el contrario se convierta en un arma de
destrucción masiva. Y este punto, es uno de los temas sobre los que se
sustenta esta película, además de un problema que se encuentra en vigencia hoy
día con más fuerza de la que se daba en las épocas en las que se ambienta la película (de hecho, el propio presentador del programa llega a esbozar esta
idea en varias ocasiones). El poder que tienen los medios de comunicación sobre
lo que hacen o lo que piensan esos ciudadanos es inmenso: puede beneficiar con
una información válida, objetiva y contrastada, transparente, o dañar con
falsos testimonios, frivolidad y banalidad. Teniendo en cuenta todo esto queda
patente lo valioso de su trabajo y, por tanto, de lo que ellos ofrecen (tanto
por la honestidad que sería justo requerir para desempeñar esta labor como, en
el polo opuesto, por la manipulación que se puede conseguir llevando a cabo un
uso adulterado de la información).
“A principio de los años ochenta, la Unesco
patrocinó un proyecto, nacido de la certeza de que la información no es una
simple mercancía, sino un derecho social, y que la comunicación tiene la
responsabilidad de la función educativa que ejerce. En ese marco, se planteó la
posibilidad de crear una nueva agencia internacional de noticias, para informar
con independencia, y sin ningún tipo de presión, desde los países que padecen
la indiferencia de las fábricas de información y de opinión. Aunque el proyecto
fue formulado en términos más bien ambiguos y muy cuidados, el gobierno
norteamericano tronó de furia ante este atentado contra la libertad de
expresión. ¿Por qué tenía que meterse la Unesco en los asuntos que pertenecen a
las fuerzas vivas del mercado? Los Estados Unidos se fueron de la Unesco dando
un portazo, y también se marchó Gran Bretaña, que suele actuar como si fuera
colonia de la que fue su colonia. Entonces, se archivó la posibilidad de una
información internacional desvinculada del poder político y del interés
mercantil” (“Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, Eduardo Galeano).
El problema de raíz que se
encuentra en los medios de comunicación, como se puede ver en la película, es
que no existe una gran libertad a la hora de comunicar, ni ahora, ni en épocas
anteriores, al estar intermediado por intereses alejados del periodismo. Se
convirtieron en un medio de manipulación social trabajando al servicio del más
alto postor. Lo que debía ser un derecho, el derecho a la comunicación, al
conocimiento de lo más objetivo posible de lo que ocurre en el mundo que nos rodea,
se convierte, sin embargo, en esta red oscura de verdades y mentiras.
Aunque, por supuesto, dentro de
esta vorágine pueden encontrarse periodistas con deseos de informar, de llevar
a los otros aquello que ocurre y que debe ser expuesto, conocido, aún con todo
lo bueno o malo que ese hecho traiga consigo. Aquí podemos situar las
siguientes preguntas: ¿Es posible informar sin interpretar? ¿Cuál es la labor
del periodista? Las respuestas se plantean difíciles después de los
presupuestos con los que nos encontramos dentro del mundo de los medios de
comunicación. Lo ideal sería, como no, la transparencia, que la información
llegara al público sin manipulación, ni filtros. Sin embargo, si no fueran
pocos los intereses de manipulación, hay que tener en cuenta también las circunstancias como persona que cuenta con unos ideales, con unas inclinaciones que le
llevan (queriendo o sin querer) a informar de una manera determinada o de otra.
La importancia de todo esto
reside en los resultados que tienen lugar. Esos resultados son acciones y
pensamientos que, por tanto, tienen repercusión en la sociedad y con ello, en
la propia historia. De ahí el poder de los medios de comunicación; ellos pueden
influir en qué ocurrirá mañana y, también, intervienen en lo que ya ha
ocurrido: los medios cuentan lo que ocurre y si no lo hacen, entonces, esos
hechos que quedan ocultos pasan a ser inexistentes para aquellos que no
cuentan con esa información. Y esto
cambia las acciones y pensamientos de los individuos y en consecuencia cambia
la historia, de la misma manera que puede modificar los diferentes puntos de
vista acerca de lo que ocurre o de lo que ocurrió. La historia la escriben los vencedores, y el poder siempre vence.
De modo que, sabiendo lo
importante de ello, más importante es el cómo nos enfrentemos ante este
problema: promoviendo la búsqueda de honestidad y el desarrollo moral. Y
apostando, una vez más, por esa opinión crítica que solo puede otorgarnos la
educación.
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