La expansión irrestricta de la
explotación de los recursos planetarios nos pone frente al hecho de la
insostenibilidad del sistema económico mundial. La crisis ecológica obliga la
demanda de un gobierno internacional.
Antes de llegar a esta situación
de conciencia de los costes humanos de la globalización económica y el aumento
actual de la pobreza, ya era conocido que el capitalismo tardoindustrial y el
expolio y consumo que este produce eran incompatibles con los límites
ecológicos del planeta. Hoy estamos más allá de los límites. Pero, sin embargo,
la conciencia ecológica global y el ámbito político no tienen el peso deseable.
La sostenibilidad, ha de ser un punto a tratar en la política de los
movimientos de resistencia global o de los movimientos por la justicia global.
Ya que la lucha por la sostenibilidad global y local es esencial en la lucha contra
la pobreza y por la justica, tanto intrageneracionales (generación actual) como
intergeneracionales (generaciones futuras).
La interrelación de todo lo vivo
lleva a hacerse la pregunta por el tratamiento que debemos a lo humano.
Desde la aparición del Informe
Brundtland se define sostenibilidad como: “un objetivo planetario ligado a una
finalidad: la preservación de la vida humana sobre la tierra.” Se introduce una
nueva dimensión de justicia que ha de contar con el tiempo. Y aparece en la
opinión pública la “Humanidad” con una identidad común: una especie que al
poner en peligro su hábitat está a punto de arruinar su perspectiva de
supervivencia (frente a las divisiones de la sociedad, en este punto se
encuentra un camino común). La idea es pensar globalmente y actuar localmente.
En el debate actual sobre la globalización no se puede soslayar el argumento
ecológico.
Los ecoconflictos se suceden día
a día, pero los mecanismos para enfrentarlos o no existen o están desactivados.
Nadie quiere edificar un orden político ecológico internacional. Contabilizar
la pobreza y el deterioro ambiental no está en los planes. La ética clásica ha
tenido que incluir a las generaciones futuras, discutir la posibilidad de
expandir el círculo de la moral a otros seres y entidades, estimar las
consecuencias y volver a pensar la idea de responsabilidad para abordar
relaciones asimétricas y desiguales en las que pesan más los deberes y
obligaciones que los derechos. El énfasis liberal en la propiedad y en la
libertad irrestricta del individuo y sus preferencias se topa con el énfasis en
la responsabilidad, los deberes y el cuidado de la naturaleza.
La teoría política por su parte
también se conmueve. Se habla ya de democracia global, de gobierno
internacional… Por otra parte, aparece la democracia verde. Se empieza a hablar
de esfuerzos por construir una noción de ciudadanía que a la vez sea ecologista
y mundial.
¿Puede el neoliberalismo ser
compatible con la demanda de una sostenibilidad? Este concepto surge como
mediador de aquellos que defienden un crecimiento económico irrestricto y
aquellos que defiende un no crecimiento.
Una de las preguntas a responder
es cómo puede un modelo económico que se basa en la innovación tecnológica
ilimitada y en la búsqueda del beneficio ser compatible con constricciones
ecológicas. La necesidad de un ideal de sostenibilidad impuesto por la
detección de los “límites del crecimiento” y la profecía de la catástrofe
ecológica echa por tierra la idea de un progreso indefinido. La solución podría
estar en una economía estacionaria. En el Informe Bruntland hacían la siguiente
definición “satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la
habilidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”.
El desarrollo sostenible lo que busca es un moderado crecimiento continuado que
nos aleje de la catástrofe.
Por una parte unos defienden que
la sostenibilidad no podría dar respuesta a las demandas de la población
incrementada, ni a las demandas de unos consumidores que no desean revisar sus
“necesidades”. Por otra parte se encuentra la posición que abarca la cuestión
de que lo sostenido sería el modo de vida occidental frente a la explotación
del resto del mundo.
La economía de libre mercado y la
democracia liberal tienen muchos problemas a la hora de incorporar con seriedad
una agenda medioambiental que no sea mera retórica bienpensante. El caso es que
el mercado capitalista muestra una inadecuación estructural para poder valorar
correctamente los costes del futuro. El mercado tiene el mismo reto que la sostenibilidad le planteaba a la ética
y a la política: contar con el futuro. El problema es que el neoliberalismo
desoye la realidad del sobrepasamiento ecológico local y global y mantiene la
economía “libre” como dogma intocable.
Hay que contar, pues, el combate
de la Humanidad con la naturaleza y la maltrecha situación del contrato social
humano (fractura Norte/Sur). Lo que se necesita es conocer y abarcar los
problemas concretos frente a las abstracciones Humanidad/naturaleza. Los
enfoques neoliberales no pueden casar con una demanda fuerte de justicia. El
sistema económico mundial necesita un control para minimizar los efectos del
libre mercado. El problema es quién puede llevar a cabo esto. Se necesita un
orden internacional justo y con sensibilidad ecológica que tome decisiones para
generar las mejoras políticas desde principios de sostenibilidad fuerte que
eviten peligros irreversibles. Pero para que esto se diera sería necesaria una
democracia y ciudadanía global que hoy en día está difusa. La solución que se
presenta es la de fortalecer una opinión pública mundial ecologista.
Hay que reparar en las
desigualdades de todo tipo. No se puede dar un paso al siguiente nivel sin
solucionar las atroces desigualdades ya existentes entre los humanos. Es,
también, necesario que la población actual comprenda que existe el imperativo
de que siga existiendo futuro para los seres humanos y vida sobre la tierra. Se
impone la importancia de la dimensión tiempo en las consideraciones ética,
política y económica. El principio ha de ser no condicionar gravemente las
opciones y posibilidades vitales de las generaciones futuras, o legarles
problemas irresolubles. Se tiene que tener en cuenta también la biodiversidad,
el planeta no es solamente nuestra morada. Hemos de prestar relevancia moral a
los demás seres del planeta.
El asunto de si le atribuimos
valor a la naturaleza y a sus seres, así como a nosotros, nos enfrenta a
precisar la desprestigiada idea del bien actual. Asignar un valor a la
naturaleza que contrarreste el imperio neoliberal del valor de cambio es otra
de las tareas pendientes del pensamiento ecologista.
La conclusión que nace es que un
mundo mejor es posible, pero todos hemos de trabajar por igual para que el
cambio de rumbo se produzca (ni unos más, ni unos menos). Este cambio de rumbo
debe nacer de la educación que ha de ser gozada por todos de la misma manera,
sin dobles caras. Y es de esta manera, como se obtendrá una población que sepa
valorar lo que el planeta puede ofrecerle y lo que pierde cuando no cuida lo
que le rodea. El problema surge en la sociedad que se deja llevar sin realizar
juicio alguno, en la cultura que quieren implantar a través del neoliberalismo
y en las políticas que hablan mucho y no hacen nada. Y es por esto por lo que
la educación es la clave para la solución: para que los que ya gozan de ella
puedan tener un criterio personal y objetivo, y para los que no gozan aún de
ella la tengan, ya que estudiar debería ser un derecho y no un privilegio. El
camino a recorrer es, pues, largo y arduo, pero no por ello imposible. Está en
nuestras manos que no dependa del ser humano el final de nuestra existencia y
de todo aquello que nos rodea.
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