La conexión entre la subjetividad
moderna (la construcción de la individualidad) y el consumo y los mecanismos de
poder es obvia. Tienen lugar, por tanto, mecanismos de control y mecanismos de
subjetivación para la producción de subjetividad. Nada queda fuera del mecanismo
económico; todo está atravesado por este y deriva en mercancía. El capitalismo
produce subjetividades como mercancías y convierte a los individuos en
productores. Luego la vida está dispuesta en torno al consumo. El discurso de
las libertades, por tanto, queda en el aire al identificar ese mecanismo
mediante el cual los individuos se disponen en torno al consumo en toda la
extensión de acciones. Se legitima en todo momento un estilo de vida basado en
las libertades de los individuos en cuanto a las elecciones, oportunidades y
diversidades. Pero, muy al contrario, lo que se ofrece es una ficticia libertad
dentro de un marco completamente atravesado por los mecanismos del mercado, del
consumo. Entonces, la verdadera y única posibilidad es el consumo.
La sociedad del espectáculo de Guy Debord, en relación con esto,
muestra bien ese sujeto moderno uniformado, pero a la vez profundamente
atomizado. Junto con ese control mediante el aislamiento del sujeto, se produce
una integración a través de la producción y el consumo. Hay, por tanto, un
mecanismo de normalización regido por el consumo que lo subsume todo. Se
produce una decadencia de la experiencia, ya que los sujetos pasan a ser meros
espectadores. Esa pasividad es inherente a una estructura económica precisa.
Según Foucault, este es el resultado del poder biopolítico sobre la sociedad
moderna. Es decir, que los mecanismos de control buscan deliberadamente esa
estructuración de las relaciones y comportamientos sociales para potenciar el
éxito del funcionamiento de los mecanismos de consumo. De esta forma es más
efectiva la regulación y normalización de la vida, de los individuos como masa.
Lo que se entiende por
espectáculo es que la visión de la sociedad es pasiva, impotente, sin margen
para la crítica. Hay una cosificación de la realidad que la convierte en hechos
inalcanzables que no se puede transformar cuando lo que hay son relaciones
sociales históricas (relaciones de personas). El término espectáculo es una
realidad histórica que convierte a los sujetos en espectadores impotentes de lo
que hay, que parece no tener alternativas. Por eso la idea de espectáculo
confluye con el déficit de experiencia (el hecho de que ya no vivimos). La idea
de una vida que no deja huella, que no construye a los individuos. Debord pone
de manifiesto que lo que se hurta a los seres humanos es la vida. El
espectáculo es entonces, lo opuesto a la vida porque es un modo de vida o de no
vida. El espectáculo como eso que nos ofrece una construcción falaz de la vida.
Debord denuncia un mundo en el
que se nos dice que somos libres, que podemos decidir. Cuando en realidad de
que se concede es una libertad insignificante, una supuesta libertad, que no
sirve para nada. La libertad de los hombres se convierte en algo así como
libertad de consumo. Y esta visión espectacular penetra en todos los rincones
de la existencia humana. Es una existencia, pues, alienada. Primero se produce
para consumir y después se consume. No hay resquicios para lo individual, para
lo privado. El consumo cada vez penetra más profundo. Hay una racionalidad de
la eficacia entendida como tiempo de consumo en el que incluso el ocio forma
parte. El tiempo no nos pertenece.
En este mundo toda alternativa es
descalificada. Se produce una especie de totalitarismo. La comunicación es
unilateral, en tanto en cuanto se reciben mensajes que no esperan respuesta
alguna, ni mucho menos retroalimentación crítica. Por ello, la crítica no tiene
espacio, solo esa crítica que no es efectiva y pasa a servir de coartada.
En este contexto la identidad del
sujeto pasa a estar supuestamente en manos del propio sujeto. Los individuos se
enfrentan a una especie de obligación de autodeterminarse enmascarada como
libertad. Lo que parece una posibilidad se convierte en una obligación. A su vez,
en esta situación al hacerse a sí mismo, el éxito o el fracaso recae bajo la responsabilidad del
propio individuo.
“El mundo solo pudo proclamarse oficialmente unificado porque
previamente se había producido esta fusión en la realidad económico-política a escala mundial. Y, asimismo, si el mundo
tenía necesidad de reunificarse rápidamente, ello se debía a la gravedad que presentaba un poder
separado en la situación universal a la que hemos llegado; el mundo necesitaba
participar como un solo bloque en la misma organización consensual del mercado
mundial, espectacularmente falsificado y garantizado.” (La sociedad del espectáculo, Guy Debord)
En este punto es interesante la
posición de Hardt y Negri. En la sociedad de control, las dinámicas
establecidas por las relaciones de poder son interiorizadas por los propios
individuos. Entonces, se produce una especie de generalización del resultado
del proceso disciplinario. La población se encuentra, pues, completamente
introducida en la lógica de la administración de la vida. Y esto tiene lugar de
manera voluntaria, por lo que no hace más que reforzar ese estado. La situación
es paradójica puesto que el poder se extiende a lo largo de la sociedad a
través de supuestas libertades. El resultado es una difícil posibilidad de
resistencia frente a un mundo presentado como el único posible y que, además,
ha sido construido por los propios individuos en cuanto que libres de elegir.
De esto se entiende, que la propia subsistencia del capitalismo reside en la
integración completa de los individuos bajo un control tanto de los cuerpos
como de las conciencias. El sujeto por completo, su existencia, se encuentra
dominado. De esta forma, se autoreproduce en tanto en cuanto los propios
individuos trabajan potenciando su desarrollo.
Y muy en relación con esto, está
a crítica que realiza Marcuse a la sociedad moderna. Marcuse presenta al sujeto
como víctima de una dominación a través de un estado de bienestar, que realiza
supuestas mejoras (insignificantes) en la vida de los individuos, pero que le
son suficientes. Lo que sucede es que los individuos quedan subsumidos y sus
necesidades pasan a ser ficticias, creadas en beneficio del mercado. El hombre
unidimensional se encuentra satisfecho. Además, no existen alternativas de vida,
ya que aquello que se presentaba como oposición es anulado, en tanto que es
incorporado a la sociedad y orientado hacia una rentabilidad de la misma.
Entonces, la crítica no es ya peligrosa; incluso sirve para engrasar el
sistema. Al encontrarse tan introyectada esa visión la crítica no llega a ser
eficaz y, por ello, es permitida. La libertad se torna también ficticia cuando
las alternativas dentro del status quo no son tales porque se encuentran
sometidas al mercado.
“la belleza revela su terror conforme las altamente clasificadas
plantas nucleares y laboratorios se convierten en <parques industriales>
con agradables alrededores; los Cuarteles de Defensa Civil exhiben un
<refugio de lujo contra la radiactividad> con alfombras <suaves> de
pared a pared, sillones, televisión y cuarto de diversión, <diseñado como un
salón familiar combinado durante el tiempo de paz (¡sic!) y refugio familiar
contra la radiactividad si estallara la guerra>. Si el horror de tales
realizaciones no penetra en la conciencia, si realmente se da por sentado, es
porque estas realizaciones son: a) perfectamente racionales en términos del
orden existente, b) signos de la ingenuidad humana y del poder más allá de los
límites tradicionales de la imaginación.” (Marcuse, H., El hombre unidimensional)
La intención de Foucault en este
contexto, es de alertar sobre los peligros de los mecanismos de poder
occidentales. Podría entenderse como una especie de tarea ética en tanto en
cuanto Foucault llama la atención sobre un poder que somete la existencia de
los individuos a la vida biológica; sobre una racionalidad que procura la
apropiación de la vida.

